lunes, 28 de octubre de 2013

NUESTRA DESCONOCIDA Y MANIPULADA HISTORIA

El pasado es tan desconocido como el futuro. Nuestro pasado conocido es relativamente corto,  hasta que el hombre no pudo inventar un sistema de almacenamiento de información que permitiera la masificación del conocimiento, nuestra historia sólo era del conocimiento de una élite erudita, quienes, por venir de una fuente oral o por provecho propio, la manipulaban a su conveniencia “La Historia la Escriben los Vencedores” dice la conseja popular.
Un claro ejemplo de lo anterior lo tenemos en el supuesto analfabetismo del Gral. Juan Vicente Gómez. El relato, más o menos, es el siguiente: una vez, encontraron al Gral. Gómez leyendo un periódico al revés, cuando se lo advirtieron, el dictador  sentenció: El que sabe leer, lo hace al derecho y al revés. Esta leyenda, totalmente falsa, tiene muchas probabilidades de haber nacido de la pluma del  Novelista, ensayista, periodista y diplomático venezolano, José Rafael Pocaterra, autor  de: “Memorias de un venezolano de la decadencia”, quien fuera acérrimo enemigo  del Presidente venezolano. En referencia al tema, Jorge Olavarría señala: “… Sabemos que Gómez leía lo suficiente para entender un documento y escribía lo necesario para firmarlo…” (Olavarría. 2007. Gómez. Un enigma histórico. Fundación Olavarría).
Otro dicho popular nos indica que aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla una y otra vez, cono si fuera Sísifo. Cuenta en la Odisea, que en el infierno, Sísifo, astuto y mentiroso comerciante, fue obligado a cumplir su castigo, que consistía en empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez.
¿A que, vienen estas reflexiones? A la lectura del excelente libro de la historiadora venezolana Inés Quintero “La criolla principal María Antonia Bolívar la hermana del Libertador” (2008. 4ta Edición. Aguilar). El leer estas valientes páginas, me indujo a pensar en dos temas, uno desconocido totalmente por mi parte y el otro conocido pero que la idolatría ha manipulado y transgiversado: Nos referimos al papel de la mujer y en general del pueblo venezolano durante la Guerra de Independencia y a la pobreza del libertador al momento de su muerte.
   La guerra fue brutal en el suelo venezolano, familias enteras, clases sociales, desaparecieron. Caracas fue la única ciudad capital devastada por la naturaleza y las Hordas de Boves. Se puede decir que la guerra de emancipación fue librada básicamente en suelo venezolano. Por lo cual se tuvo que pagar un precio muy alto en vidas, propiedades y en 93 años de conflictos regionales (desde abril de 1810, hasta julio de 1903 cuando Gómez vence al último foco de rebelión por parte del caudillo oriental Nicolás Rolando en Ciudad Bolívar).
La gran cantidad de bajas venezolanas, llenó al país de viudas y huérfanos, esta es una de las explicaciones que se da a la resistencia de los militares venezolanos para acompañar a Bolívar a su campaña del sur, el cual culmina en Perú. Las mujeres venezolanas tuvieron que afrontar la administración de las propiedades familiares, la educación de los hijos y la búsqueda del alimento diario.
Un claro ejemplo de esta situación, la podemos observar en la vida de María Antonia Bolívar, mujer atrapada en dos mundos. Su naturaleza, su condición social y sus creencias, la llevaron a ir en contra de las ideas libertarias de su hermano. Era una realista, estaba a favor de la corona Española, pero no le quedó más remedio que abandonar todo lo que tenía y acompañar a su hermano, en la huía a oriente, y Salir al exilio, cuando las tropas de Boves llegaron a Caracas. El apellido de Bolívar era una marca peligrosa para su vida. Al finalizar la Guerra pudo regresar para recatar el patrimonio familiar y administrarlo.
Aquí podemos empatar esta reflexión con la segunda, la pobreza de Simón Bolívar al momento de su muerte. Es verdad que el libertador era generoso pero no era ningún tonto. A pesar de las múltiples preocupaciones que le generaban su cargo. Bolívar siempre estuvo pendiente, como heredero principal (su hermano mayor Juan Vicente murió en un naufragio a principios de la guerra) del patrimonio familiar. Primeramente le dio un poder a su sobrino Anacleto Bolívar y ante la incapacidad de este, se lo revocó, dándoselo a María Antonia. El poder dado a su hermana, le garantizó al Libertador, el pago de su deudas y una renta de 30.000 pesos. (2008. Ob. Cit.:85)
Al momento de su fallecimiento, bolívar contaba como único patrimonio la minas de Aroa, las cuales estaban en proceso de venta y negociadas con la empresa “The Bolívar Mining Association”. Los términos del contrato establecían que, por un período de nueve años, la empresa explotaría las minas  y pagaría por ello un arrendamiento   de 10.000 pesos anuales los primeros tres años y trece mil pesos los restantes años. Igualmente, para garantizar el contrato se le haría entrega al libertador 5.000 pesos mientras se resolvía el papeleo. Lamentablemente Bolívar, no vivió para ver cristalizada la venta de las minas, la cual aconteció en febrero de 1832. El precio de venta fue finalmente de 38.000 libras esterlinas, suma equivalente en la actualidad a 1.985.157,66 libras. (2008:160)
De la misma forma, en el inventario realizado al equipaje de Simón Bolívar, se valoró en 12.028 pesos y 6 reales y medio. El mismo estaba conformado por piezas de oro, de plata, medallas y condecoraciones y diversos objetos de uso personal.
Recordemos que el Libertador era un hombre que amaba la buena vida. El gustaba darse sus lujos de vez en cuando y como buen estratega planeaba su futuro. Parece olvidarse, y en el peor de los casos ignorarse, que cuando murió en Santa Marta iba camino al exilio en Europa ¿de que pensaba vivir?¿con que recursos contaba? Lo señalado anteriormente nos puede dar una idea al respecto. Así que no hay nada que ratifique la supuesta pobreza de Bolívar al momento de su muerte.
La moraleja de todo lo indicado anteriormente, es algo que siempre le he indicado a mis alumnos: Si quieren aprender, cuestionen todo lo que les digan, no den por hecho, investiguen y lean con la mente abierta y obtengan su verdad. El libro de Inés Quintero puede ser un feliz comienzo.









martes, 24 de septiembre de 2013

CONFIDENCIAS IMAGINARIAS DE SIMON




Yace en su lecho de muerte, inevitablemente hace un repaso de su vida. Gracias a un amigo colombiano tiene una cama en donde descansar su agotado cuerpo, que ya no le da para más después de haberlo dado todo por la libertad de su amada  patria.
            No se arrepiente de nada lo que ha hecho, quizás algunas las hubiera realizado diferente, ¿quizás….? pero no se arrepiente de nada. Sus detractores lo acusan de traición por la entrega de Miranda; de dictador y asesino, por el decreto de guerra a muerte y por el fusilamiento de su amado amigo Piar, pero no entienden que esto último era necesario hacerlo ya que perdía su autoridad, que tanto le costó conseguir. Nadie puede entender lo difícil que fue pasar de un alocado viudo latinoamericano, tratando de olvidar su viudez a ser el gran general victorioso, el que ostenta tan sublime título “El libertador”. Todos querían liberar su región: Mariño, el oriente; Urdaneta, El occidente; Páez, los llanos y Piar la Nueva Angostura. Nadie comprendía que si no sacábamos a los españoles en el sur, nunca lograríamos el triunfo total, Solo Sucre parecía comprenderlo.
            -Fueron tiempos difíciles, que quizás no hubiera podido soportar sin la ayuda del baile y de las mujeres. Me encantaba bailar, podía hacerlo toda la noche, me fascinaba, dar vueltas y vueltas, acompañado por una linda dama. Esa era mi táctica de seducción, para luego terminar en el lecho o simplemente en la hamaca. Solteras o casadas, todas me encantaban, parecían deslumbradas por una leyenda inmerecida, una gloria que corría de boca en boca y que crecía con los triunfos.
            ¿Quién fue la primera? si mi memoria no me falla, fue en Veracruz, en 1799, camino a Madrid, que conocí a mi primera conquista, María Ignacia Rodríguez de Velazco y Osorio, un lustro mayor, “La Güera Rodríguez” como la llamaban, Resplandeciente, de un armonioso cuerpo, ojos azules como el cielo, rubia y de un caminar que era objeto de admiración cuando paseaba por Chapultepec. Durante dos cortos meses, que me traen buenos y deliciosos recuerdos.
            Ya en Madrid (1900), conocí a mi gran amor, la única con la cual me casé, nunca rompí este sagrado juramento, mi prima María Teresa del Toro y Alaiza, “amable hechizo del alma mía”, así la llamé en una carta. María Teresa era: dos años mayor, frágil, tímida, de ojos claros, profundos y tristes, pálida tez, amable, inspiradora de honda ternura, casta, tejedoras de sueño, avasallante y femenina dama.
            Cuando llegamos a Venezuela, en 1928, mi cabeza estaba llena de los vapores del más violento amor y no de las ideas políticas. Fue la única que  me hizo olvidar la política. Quise mucho a mi mujer. -De pronto unas lágrimas se reflejaron en sus mejillas.- La muerte, cruel y despiadada, que primero se llevó a mi madre, me separó de mi amada. Yo la he perdido y con ella la vida y la dulzura de que gozaba mi tierno pecho. El dolor, ni un solo instante, no me dejó consuelo que buscar, deplorable y triste suerte a que me hallé condenado.
            Desolado por aquella pérdida precoz e inesperada, decidí partir para París. El silencio de mi país y  la monotonía que allí reinaba trajeron a mi alma el aburrimiento más terrible y aún la desesperación, por ese motivo abandoné a mi familia  e irme en busca de la diversión.
            Llegué a París en 1804 y me residencié en el “Hotel de los extranjeros”, en la rue de la Loi, y me dedique a olvidar. Había gastado en tres meses 150 mil francos. Sin la ayuda  de Fanny, quizás la amargura me hubiera consumido, pero gracias al amor que me brindó Fanny Dervieux Du Villard, mujer de mundo, piel sonrosada, de cabellos tirando a rubio oscuro, coqueta refinada y de gracia elegante, boca fina, ojos azules, de senos rellenos y brazos torneados, de andar lento y sinuoso, sobre todo encantadora. Cuando entraba a algún salón, irradiaba un fuerte magnetismo y de esa picardía de la mujer francesa. No me hizo olvidar a María Teresa, pero si me preparó el ánimo para afrontar los grandes retos a los que me enfrentaría más tarde. –El Libertador se sonríe con malicia al pensar en su ahijado Simoncito Brifford, hijo de Fanny y quienes mucho atribuyen como su hijo. – Todos piensan que soy estéril, pero  como le comenté a Perú de la Croix tengo pruebas al  contrario.
            En compañía de mi amado maestro: Simón Narciso Rodríguez o Samuel Robinson, como le gustaba llamarse en ese tiempo, y de mi cuñado Fernando Toro, realizamos grandes viajes a través de Francia e Italia. Estando en París en 1806, conocí y me prendí de una bella mujer, Teresa de Lesnay, dulce, reservada y enigmática mujer. “Minette”, como la llamábamos, tuvo una hija muy famosa por su carácter, muy parecido al mío, dicen. Por ese motivo, me atribuyen su paternidad, pero, Flora Tristán, nació en 1803. A su vez Flora tuvo un hijo, un maravilloso pintor, Paul Gauguin.
La primera vez que viajé por el Magdaleno conocí a una encantadora francesa, Ana Lenoit, de diecisiete años bien formados, de boca pequeña y bermeja como coral, de cabello suelo y rubio. Ella me veneró.
Fernando, mi sobrino, me indica, que por consejo del Dr. Réverénd, debo poner en orden, mis cosas en orden ¿Qué es esto, estaré tan malo para que se hable de testamento y de confesarme? La muerte que por años ha disfrutado mi tormento al llevarse a su lado a mis seres queridos, me invita a acompañarlo.
Sus recuerdos lo llevan a su ciudad natal, Caracas, cuando entró por sus calles, una vez culminada con éxito la campaña admirable. Lo esperaban doce bellas caraqueñas vestidas de blanco que frente al cabildo, le colmaron de laureles a la usanza clásica de la Roma Imperial, y que además lo arrastraron en carro triunfal, como hombre y conquistador. Entre ellas se encontraba Josefina Machado.
-Pepa, mi adorada Pepa ¿Qué hubiera pasado si no hubieras estado a mi lado cuando en las playas de Ocumare de la Costa, en un momento de debilidad y desesperación, me disparé, en un intento suicida que no fue exitoso gracias a un brazo amigo que desvío mi mano en el último segundo. Te pude salvar junto a tu madre de la furia de  Boves. Me acompañaste en esa larga marcha hacia Oriente, Me volví dependiente de tu compañía, para mí fue una tortura enviarte a San Thomas, por lo que no dude ni un momento detener toda la flota expedicionaria de los Cayos, durante tres días, para que llegaras a mi lado. –De repente, un arranque de tos, quizás igual al que arranco de su lado a la Srta. Pepa, 10 años atrás le hizo interrumpir sus recuerdos, O´Leary y el Dr. Réverénd corrieron a su lado. Una vez pasada la crisis, El Libertador do su consentimiento para que llamaran al Obispo de Santa Marta,  El Doctor José María Esteves. Después de administrados los sacramentos dio las instrucciones para su testamento para ser firmado el día siguiente en presencia y ejerciendo como testigos: los Generales Montilla y Carreño; los Coroneles Wilson y José de la Cruz Paredes; el comandante Juan Glen y el Dr. Manuel Pérez Guerrero. Se siente  cansado y se acuesta, pero el calor es insoportable y se recuesta en la hamaca. El sopor lo atontan y sus pensamientos lo trasladan al año 1815, exiliado en Cartagena de Indias.
- Isabel, mi recatada Isabel Soublette, hermana del Gral. Carlos Soublette y prima de mi Señorita Pepa. Primero amante y después mi incondicional amiga, tu larga y abundante cabellera rubia, tus fina manos tus ojos azules, llenaron de amor loa largos momentos alejados de mi patria. Dentro de las murallas del Palacio Episcopal nuestra juventud  y el clima embriagante nos llevaron a un amor donde solo había presente, el futuro no existía.
            El exilio, la lejanía con nuestros amigos y el no poder frecuentar tantos lugares amados que cobran relevancia con la imposibilidad de su visita. Solo el amor que me brindaron, me permitió no entrar en la depresión tan característica de estas situaciones. En Jamaica conocí una bella morena de celebrados encantos, labios de corte audaz y excitante, madura en las formas expresivas, ojos verdes y profundos. Julia Cobier, durante ocho meses me amparé en tu amor. La mujer siempre ha sido una tabla de savación en mi vida. Pepa me salvó del suicidio y Julia me salvo de mi esclavo Pío, quien no sabía que me había ido a casa de Julia, y le asestó dos puñaladas fatales al oficial venezolano  José Félix Amestoy Mayoral, quien en mi ausencia se recostó para descansar en mi hamaca.
            A mi llegada a Bogotá en 1820, entre valses, contradanzas y minués conocí a mi bella Bernardina Ibañez. De una hermosura que me embriagó, alta y delgada, delicada, grandes ojos oscuros y almendrados, cabellera abundante y piel de nácar. Me ofreció un amor puro y dulce como la miel.
            En un baile dado en mi honor, en Palmira, Colombia, por el año 1822 conocí a una hermosa trigueña, joven, en la plenitud de su vida, alegre, con una larga y frondosa cabellera. De nombre Paulina García. Fue un corto pero intenso amorío. Recuerdo que al continuar mi camino a Quito, en Santiago de Cali, conocí a mi “Dama Incógnita”, casada y de la alta sociedad, que me pidió nunca da a conocer su nombre. 
            Mi llegada a Quito fue apoteósica. La ciudad entera estaba cubierta de flores, arcos, festones y colgaduras en las barandillas de los balcones. A las ocho y media de la mañana de 16 de junio de 1822 -ese día nunca se me olvidará porque cambió mi vida- repicaron simultáneamente las  campanas de las  veinte torres de Quito cuando montado en un caballo blanco y vestido sin muchas pretensiones, saludando sombrero en mano. pero eso sí, acompañado de trescientos oficiales y setecientos de caballería armados de lanzas para inspirar respeto. De repente una de las damas me arroja una corona de laureles. Cuando la busco para devolvérsela, me encuentro con una bella mujer con una mirada desafiante y penetrante, que daba a entender que su portadora no le tenía miedo a nada y que se consideraba igual a cualquier hombre, incluso a mí, algo raro en esa época. En la noche, en la recepción oficial me la presentaron, Manuela Sáenz de Thorne, lucía un vestido blanco  que dejaba lucir sus hermosos hombros, y como único adorno lucia la condecoración que la atribuía como Caballeresa del Sol y que consistía en medalla de oro y banda bicolor en blanco y rojo, que le fue otorgada por el Gral. San Martí, a ella y a Rosita Campuzano, su amiga y amante de San Martín. Ella era de talla media, fina de cuerpo, las caderas redondeadas, de inmensos ojos, luminosos e irresistibles, rasgos suaves, rostro oval, boca pequeña y pulposa. Pero, el rasgo que la definía y la cual intuí primeramente, pero luego la viví e carne propia, es su carácter, fuerte e indómito, probado en Ayacucho donde alcanzó el grado de coronel, solicitado por el mismo Sucre.
            Bailamos toda la noche, y desde ese momento su amor correspondido nunca me dejaría, como la extraño, nos despedimos en Bogotá, antes de abordar este viaje por el Magdaleno. La idolatro más que nunca. “Mi amada Loca”, dos veces le debo la vida, la última en el Palacio de San Carlos, en Bogotá, cuando espada en mano se enfrento a mis enemigos. Su lealtad y devoción hacia mi fueron inquebrantables. Fue mi complemento, compañera y consejera. Conocía mis más íntimos deseos, era la sultana de las mancebas, una verdadera Mesalina. ¡Claro que hubo otras mujeres! :Joaquina  Garaicoa, Manuelita Madroño, Paula Prado, Francisca Zubiaga Berles de Gamarra, Benedicta Nadal y la norteamericana Jeanette Hart, de la cual Manuela no podía, ni siquiera, oír mencionar su  nombre. Incluso en mi estadía en Perú, fueron varias las limeñas que me hicieron pasar gratos momentos. ¡Pero ninguna como Manuela!
            Hay dos muy especiales, no por el amor que les tenía, con una de ellas solo estuve en dos ocasiones, sino por el fruto que me dieron. Como le comenté a Luis Perú de La Croix, en unas conversaciones que tuvimos en Bucaramanga: “El Potosí tiene para mi tres recuerdos: allí me quité el bigote; allí usé vestido de baile y allí tuve un hijo”. Su madre, María Joaquina Costas, le puso el nombre José Antonio de la Trinidad Costas. Nació en 1826.  María Joaquina, entre baile y danza, me alerto al oído que se fraguaba un plan para asesinarme. El agradecimiento se volvió pasión.
            Mucho antes, en 1819, en la villa  santendereana de San Carlos de Pie de Cuestas, cerca de Bucaramanga. En un baile popular me presentaron una joven, Ana Rosa Mantilla que con sus dos trenzas con adornos en rojo me cautivó. Solamente intimidamos en dos ocasiones pero a los nueve meses me comunicaron que tuvo un hijo varón, igualito a mí, bautizado con el nombre de Miguél Simón y que mi hermana María Antonia se encargó de cuidar.
            –Pensativo, Simón cada vez se siente mejor, le ayudó el reposo, incluso se pudo parar sin problemas de la hamaca. Cuando se disponía llamar a sus edecanes, se dio cuenta de que estaba vestido con sus mejores galas ¿Cuándo lo vestirían? De repente escuchó un hermoso vals, uno que gozaba de su preferencia, y vio a su amada María Teresa, hermosa, vestía espléndidamente, como si estuviera en la corte del mismísimo Rey de España. Tomó la suave  mano de su esposa y comenzó a bailar, se sentía dichoso, en paz, como nunca se había sentido. La Guerra quedó atrás, se dispuso a disfrutar la noche, aunque, todavía era de tarde, la una de la tarde del 17 de diciembre de 1830.  


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El relato que se presentó es meramente un ejercicio literario, por lo tanto, como el título lo indica, imaginario, aunque esté basado en investigaciones serias y libros publicados por los principales historiadores bolivarianos, como son: Alfonso Rumazo González, Tomás Polanco Alcantara, Mireya Márquez, Indalecio Llévano Aguirre y Ramón Urdaneta. No recuerdo, me parece que toda la vida he sido Bolivariano, pero en su justa medida, la de un venezolano que estuvo muy por encima de todos, pero un hombre al fin, con todas sus virtudes, todos su pecados y sobre todo con sus debilidades. NO ES UN DIOS como lo han pretendido mostrar alguno. Sin embargo fue muy grande lo que hizo, aunque no estaba sólo, un gran grupo de venezolanos, colombianos, peruanos y ecuatorianos, así como guerreros y aventureros venidos de otros países, colocaron su grano de arena para lograr el éxito de tan magna obra "La libertad": En el relato toco dos de las tres grandes debilidades del libertador: el baile y Las mujeres. La tercera, era la agua de Colonia, de la cual usaba en grandes cantidades. Bolívar fue lo que la psicología moderna llama un hipersexual. Aunque, en su defensa hay que señalar que no hay mejor afrodisíaco que e PODER, como comentó un ex primer ministro francés: antes, ninguna mujer me miraba y ahora las madres me lleva a sus hijas. Bolívar de una o otra forma quiso a todas estas damas, sino por fue amado y venerado por todas ellas. Sin embargo, se enamoró muy fuertemente de tres mujeres, a mi entender sus tres grandes pasiones: María Teresa, Pepita Machado y Manuela Sáenz.

viernes, 5 de julio de 2013

QUIEN LO DIRÍA

Quien lo diría, 35 años de graduados de bachiller. El tiempo pasa rápido, muy rápido. Ayer éramos unos adolescentes, llenos de vida y esperanzas, hoy mujeres y hombres realizados, padres y en muchos casos, abuelos, quien lo diría.

Cando en tercer año, el profesor de historia,  Noél Núñez, en medio de uno de sus regaños, porque a las 7:15 am, ya eramos una fuente de transpiración luego de haber jugado nuestro habitual juego de pancho matutino. !Señores el año que viene van a entrar a estudiar unas muchachas, espero que se comporten mejor! Que poco nos conocía y sobre todo mostraba una ignorancia total (compartida por nosotros) de los angelitos que llegaron al comienzo del próximo año escolar.

Algunas, eran hermanas o primas, la mayoría provenían del colegio hermano, Santa Teresita del Niño Jesús. Otras ya era novias de los estudiantes de un año superior. Aunque algunos lograron conquistarlas !Verdad Gonzalo!

Lo que fue un sano experimento, resultó una tremenda bomba, ya que de esta unión salió un grupo de jodedores (disculpen el léxico, pero no encontré otra palabra que nos detallara mejor), que tenían locos a todos los Hnos. de la Salle.

Quien lo diría, que ese grupo de desadaptados (a lo largo de la distancia se ve que era sólo una etapa que teníamos que cumplir), resultaría un grupo de amigos incondicionales, constantes y solidarios (me consta personalmente).

El próximo sábado,nos reuniremos, y junto a los obligados recuerdos y anécdotas, entrarán en nuestras charlas, los respectivos achaquea de salud, con el respectivo intercambio de teléfonos de nuestros médicos. Alguno que otro intentará sacare un consejo a Doménico, olvidando que es obstetra y ginecólogo. Otros investigarán la existencia de un buen abogado para tratar que su futura (o) ex, no los deje en la carraplana. Es decir, los signos inequívocos de 35 años, que han pasado muy rápido.

Pero lo más significativo será que el grupo que se reúna, la cual no será tan numeroso como muchos quisieran, ya sea, por encontrarse en otras regiones o por que han tenido que han dejado este plano para continuar su evolución (pero que de una forma u otra estarán con nosotros) revivirán esos escasos 2 años que han marcado muchas vidas y por una tarde volverán a ser esos muchachos despreocupados y echadores de lavativa. 

35 años, quien lo diría.